Cierto es que en el transcurso de una vida, más de una vez hemos coqueteado con la estupidez e incluso nos hemos dejado arrastrar por algún que otro club de imbéciles. Imbecilidad y estupidez casi viene a ser la misma cosa. Y así como en el pecar existen grados y el venial vendría a corresponder con una estupidencilla de poca monta, el mortal iría en paralelo con esa estupidez que se adueña de la personalidad del sujeto, hasta el punto que termina poseyéndolo, marcando diferencias con el resto de los humanos. Es decir, en el primer caso, la estupidez llega de manera ocasional, circunstancial; la peligrosa es la otra, pues los resultados son nefastos, sobretodo cuando el estúpido es personaje público y pretende regir nuestras conciencias. Es aquí donde hallaremos la gente de finanzas, de la política, de la religión, de los quiero y no puedo, etc. Ellos, cada uno en su territorio o revueltos, forman sociedades, cofradías, etc. manteniendo en todas un estricto derecho de admisión del que están exentos, como en la limpieza de sangre, quienes puedan testimoniar un grado máximo de gilipollez. Como ejemplo, se me ocurre citar a ese aristócrata que no habla, balbucea; y que ha comprobado que hacerse arriero da más dividendos que ser chulo de putas. A él y a otros como él les viene muy bien lo que decía Einstein: “Dos cosas horadan el infinito: el universo y la estupidez humana”.
¿Se puede ser estúpido e inteligente? ¿Se es más estúpido en los años jóvenes o en la vejez? Livraghi, que escribió un ensayo sobre el tema, piensa que nada lo impide tener, más o menos coeficiente mental o más o menos años. Lo peligroso, como apuntaba más arriba, es que sea permanente en el hombre o en la mujer. Cuestión más importante es la manera de poder distinguir a los estúpidos. Por supuesto, los denuncian una arrogancia de tres al cuarto; creerse a pies juntillas una superioridad sobre los demás o hacer uso de una pomposidad del todo ridícula. Son meros significantes del megalómano que a la primera embestida de un levante moderado, el ácido úrico se les baja a las entrepiernas. Gigantes rellenos de serrín, los llamó Quevedo.
¿Hay algún antídoto contra la estupidez de los estúpidos? Baudelaire aconsejaba la burla. Ya sabemos que la risa siempre irrita a los dioses, sean de la religión que sea y, es evidente que los estúpidos se tienen por divinidades. Por tanto, echemos la carcajada, como espero que lo haya hecho Soraya Santamaría, nuestra encantadora Caperucita (y lo digo con el cariño y el respeto que me merecen por ser una mujer joven luchando contra una jauría de lobos), cuando ha oído la opinión del arzobispo de Valladolid, de no parecerle adecuado que, estando casada sólo por lo civil, pueda dar el pregón de Semana Santa. Esto me ha traído a la memoria aquel caballa (nunca supe su nombre) que también quiso vetarme por algo similar: “¡Un rojo!, ¡un rojo, hablando de nuestras procesiones!”. Pues, rojo y todo, di mi pregón, pese a que sigo teniendo dudas de que lo entendiese...
Pero el galardón al mayor de los estúpidos, consistente en un directo a mandíbula (de ahí lo del Cuadrilátero), sea para don Demetrio Fernández (tiene el apellido de mi abuela), que a estas alturas se dedica a mandar a toda la diócesis de Córdoba una carta pastoral, amenazando otra vez con el infierno, a una juventud que ha hecho de fornicar la más apetitosa golosina. ¿Cuándo los jóvenes no tuvieron este ejercicio gimnástico como el mejor desentumecedor muscular? ¿Qué hacían Romeo y Julieta, o Abelardo y Eloisa? ¿De dónde venía Calixto, el de la Celestina, calzoncillos bajados cuando se desliza por una tapia que le causaría la muerte? ¿A qué jugaban el padre Amaro o qué deseos le roían a Fermín de Paz, el canónigo de la Regenta?
Pero es que, además, el prelado cordobés culpa de todo esto a los mismísimo docentes. Son -añade- los que incitan a estas prácticas e incluso los que les aconsejan el uso de condones... Todo esto, remata don Demetrio, es palabra de Dios y el remedio no es otro que el rezo del Santo Rosario y los cursillos de cristiandad. ¡Y que lo dicho esté escrito por quien pertenece a una institución que no sólo ha hecho de la castidad un terrible trauma, sino que por mor de lo mismo, ha multiplicado entre sus filas, el número de pederastas....! Y es que, a poco que intentemos, la estupidez puede ser más peligrosa que la peor de las maldades.
Y como de sorna va lo escrito, acabemos con un chiste que le he oído a Arguiñano:
-Padre, he hecho el amor cuatro veces seguidas, en una noche.... ¿es pecado?
-Pecado, no; eso es que no te lo crees ni borracho....
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